LOS MUROS DEL ULTRAJE
Levanté mis brazos blancos todo lo que pude, hasta descoyuntar los hombros, los codos, las muñecas, las manos y los dedos. Los esfuerzos no sirvieron para tocar tus manos blancas que, paralelas a las mías al otro lado de la muralla de cemento, se entregaban con el mismo ahínco a alcanzarme.
Avancé mis manos morenas hasta la alambrada, donde se abortó el recorrido para reunirse con las tuyas, también morenas, que, tan hambrientas de tacto como las mías, esperaban retenidas por el metal.
Estiré mis manos negras, anhelantes de tus manos negras, pero la densidad de la pared de hormigón nos condenó a la separación y a la soledad.
Mis manos tostadas por el sol del desierto parecían libres de abarcar la tierra que les pertenecía, sin embargo, un sendero de minas se interponía en su camino, cercenando cualquier amago de encuentro en la arena con otras manos libres.
Mis manos, del color de mis manos, desean romper los muros del ultraje con las puntadas de estas palabras, para entrelazarse a las tuyas blancas, o morenas, o negras, o tostadas por el sol del desierto.
©Sara Tapia, 2007