blog de sara tapia

5 abril, 2008

Mi regalo para Zapatitos

Filed under: para niñas y niños — saratapia @ 15:31

     

      Mi regalo para Zapatitos

 

 

       

 

       Zapatitos nació un 9 de noviembre. Era el más chiquitito de toda la camada, el último de seis hermanos y hermanas. Cuando salió, su mamá estaba extenuada, pero lo lamió con todo su amor. Con esos mimos, le dio la bienvenida a este mundo.

Zapatitos era un cachorro de bóxer bien pequeño, porque casi nunca llegaba a tiempo para mamar. Las tetillas de mamá siempre estaban ocupadas y él tenía hambre a todas horas. Cuando se quejaba, mamá lo agarraba con mucho cuidado por el pescuezo, apartaba al más grandón de los hermanos de una de las tetillas y le ponía en su lugar. En esos momentos privilegiados, Zapatitos tragaba con placer toda la leche que podía.

Zapatitos crecía despacio pero sano. Como se sabía querido, alegre y dicharachero.

Mas la felicidad duró poco para Zapatitos.

Se acercaban las navidades y Eric, un niño muy caprichoso, había pedido una mascota como regalo por haber sacado buenas notas. Su padre y su madre habían visto a Zapatitos en la casa de unos conocidos y pensaron que este cachorro sería perfecto para su hijo. Así –se dijeron- aprenderá los modales que a veces le faltan y a responsabilizarse de algo. Eric sacaba muy buenas notas, cierto, sin embargo mostraba escasa consideración hacia los demás y hacia las cosas.

El día de los regalos, aparecieron en casa con una caja de zapatos cubierta con una tapa toda agujereada. A Eric se le abrieron los ojos como platos: ya se olía que sus progenitores tramaban algo. No se imaginó qué hasta que se percató de los agujeros. Zapatos no podían ser, debía de ser un animal vivo que necesitaba respirar. ¡La mascota que había pedido! Al ver al cachorro le salió del alma decir ¡Zapatitos!

Y se quedó con ese nombre.

Zapatitos se sentía triste y asustado. Además de no saber dónde estaba su mamá, lo habían dejado solo toda la noche pasando frío y hambre. Y no entendía por qué lo habían encerrado en un lugar tan oscuro y tan estrecho.

Se le arrinconó un poco el disgusto en el momento en que Eric lo tomó en sus manos y le dio calorcito al acogerlo en su regazo. Luego se le calmó el hambre cuando le dieron leche templada en un biberón. La tristeza no se le iba porque seguía sin saber dónde estaba su mamá.

Transcurrían los días y las noches.

La compañía de Eric alegraba a Zapatitos y jugar con él aliviaba su pena, pero Eric se comportaba como un brutote y le gastaba bromas bastante pesadas. Zapatitos tenía miedo de las bromas. Cuando intuía que le iba a gastar otra, se ponía a temblar de tal manera que se hacía pipí encima de la alfombra. Y le entraba más miedo todavía porque la madre de Eric le iba a reñir y a castigar por haberse portado mal. Aun así, Zapatitos, que había comenzado a olvidar a su familia, se sentía atendido y la sensación de soledad había desaparecido. Lo único malo era que se habían hecho demasiado frecuentes las bromas pesadas de Eric, el miedo, el pipí, el castigo, y…

Cierto día de ese verano, Zapatitos notó que en casa ocurrían cosas muy raras. Para empezar, habían dejado de gastarle bromas pesadas; no solo eso, también parecían haberse olvidado de su existencia. Ni siquiera le pasaban la mano por el lomo. Y toda la familia andaba rebuscando en los armarios y metiendo ropa en las maletas.

Zapatitos era un cachorro joven y no conocía bien a los humanos, por eso, no sospechaba que lo peor estaba por suceder.

Llegó el día en que toda la familia, incluido él, se montaron en el coche. Zapatitos ladraba de alegría porque le gustaba mucho salir de casa. Aunque viajar le mareaba, estaba dispuesto a sacrificarse para permanecer junto a su amo.

Al cabo de un rato, el automóvil paró en mitad de la nada. Se bajaron todos y Zapatitos se lanzó a trotar por el inmenso campo que se abría ante sus patas.

Cuando quiso regresar para contarle a Eric todo lo que había olido… ¿Dónde estaba el coche?… ¡El coche había desaparecido! ¡Eric!, ladró y ladró y ladró. Casi afónico seguía ladrando, y Eric no aparecía. Abatido, se aventuró a seguir la pista de la familia por el olor de su auto. Pero estaba aturdido, cansado y con un hambre atroz. También tenía miedo de los vehículos que circulaban a toda velocidad por la autovía. Al caer la noche, no aguantó más y se acurrucó en un rincón entre unas piedras que descubrió. Pensó que allí se podía refugiar esa noche y continuar la búsqueda al día siguiente…

Y al otro…

Y al otro…

 

 

 

Me encontré a Zapatitos hace ahora dos años. Lo hallé sucio, delgado, aterrorizado y desconfiado.

Le hablé despacio, suave y con amabilidad. Me miró asustado y lleno de recelo. Le acerqué comida y agua a su rincón. Devoró la carne en un pispás y se bebió el agua con ganas…

Lo llevé a casa. Lo lavé. Le puse guapo. Poco a poco le fui demostrando que era un perro estupendo y extraordinario. Que lo había recogido porque yo sí deseaba adoptarlo y le declaré mi intención de compartir con él los momentos buenos de mi vida.

Después de todo, Zapatitos ha tenido la suerte de aprender que una mascota es una cosa muy seria y nunca puede ser la satisfacción de un capricho.

Hemos tardado todo este tiempo, dos largos años, en conseguir la confianza mutua.

Como Zapatitos ya se siente seguro conmigo, he decido regalarle este cuento -se lo había prometido- para que niñas y niños sepan que una mascota no es un juguete, sino un ser vivo que hay que cuidar y querer.

 © Sara Tapia

 

 

 

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2 comentarios »

  1. Me llamo Xuan y tengo 12 años. Estudio 5º de Primaria. Me gusta leer y jugar al baloncesto. De mayor me gustaría ser jardinera.
    He leído la historia y me gusta mucho.
    Quiero saber si la historia de Zapatitos es de fantasía o real. Yo pienso que es real porque muchas personas tratan a los animales como juguetes.
    ¿Cómo está Zapatitos? ¿Tiene amigos y está feliz?
    Muchas gracias.

    Xuan

    Me gusta

    Comentario por Xuan Li — 21 abril, 2008 @ 09:48 | Responder

  2. es mu guay

    Me gusta

    Comentario por Anónimo — 17 octubre, 2008 @ 14:49 | Responder


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