blog de sara tapia

26 marzo, 2011

La fábrica de sueños

Filed under: para niñas y niños — saratapia @ 16:38

Me habían dicho que iban a inaugurar una biblioteca. Pero no me lo creía. ¿Que quién me lo había dicho? La gente de Modúbar. ¡Ah! ¿Que qué es eso de Modúbar? Pues un pueblito chiquito, chiquito donde viven un montón de niñas y niños. En realidad, su nombre completo es Modúbar de la Emparedada.

Me habían dicho que hace tiempo hubo una escuela en el edificio en el que ahora está la fábrica de sueños. Bueno, que no era un edificio grande, que era una casita enterita de piedra.

Había oído tantos rumores que quise comprobar si eran ciertos. Y me fui a Modúbar, y me fui a la antigua escuela. Me detuve delante de una casa que se parecía a la que me habían descrito. Supuse que era esa porque no había ningún rótulo que indicara que allí había una biblioteca.

La miré un poco incrédula ya que no se asemejaba a las otras bibliotecas que yo conocía. Pero después de un rato, sucedió algo extraño

La casa sin nombre comenzó a observarme. Sus ojos-ventanas me hacían guiños, su boca-puerta me sonreía.

Parpadeé fuerte, muy fuerte. Esas cosas pasaban en los cuentos, en las fantasías y en los sueños. ¡Pero no! Seguía mirándome y sonriéndome. De repente la boca de madera, sin perder la sonrisa, empezó a abrirse lentamente. Me invitó a entrar con una vocecita apenas audible. Sin miedo, atravesé el umbral y me dirigí hacia la habitación del fondo. Estaba cerrada, pero por debajo de la puerta se proyectaba una tenue luz. Antes de llegar, la puerta mágica se retiró para mostrarme los secretos que escondía.

Vi cientos de laboriosos duendes yendo y viniendo por toda la sala. ¿Qué hacían? ¡Y qué llevaban! ¿Letras?

Me froté los ojos con las manos porque pensaba que la luz me había cegado. Pero ellos no se habían detenido y continuaban su ajetreado recorrido transportando… ¡letras!

¡Eran letras lo que llevaban de un lugar a otro!

Me fijé, entonces, en que había numerosos grupos de trabajo. Cinco trabajaban sin parar en un rincón y otros veintidós a lo largo de una pared. Bastantes se distribuían por toda la pared de enfrente y unos cuantos iban de una pared a la otra: la ida de vacío; la vuelta, cargados de letras. ¿Qué estaba pasando allí?

Me acerqué al rincón de los cinco: ¡estaban fabricando vocales! Muchas, muchísimas aes, otras tantas es, íes, oes, y unas pocas úes. Entonces, los veintidós restantes tenían que estar confeccionando… ¡consonantes! Y así era. ¡Hasta la ñ! ¡Y hasta una que usamos muy poquito: la w!

No podía creer lo que veía y allí estaba en el medio, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, ahora sin pestañear. Me encaminé hacia una cuadrilla cuando oí: ¡una a! ¡necesitamos una a! Estaban pegando letras para completar palabras. En ese momento casi tenían una terminada: AMIST. Cuando llegaron los duendes con la a, la pegaron con una gota de pegamento. Ya tenían AMISTA. Ahora otro gritaba: ¡una d!, ¡necesitamos una d! Veloces trajeron la letra solicitada y la dejaron. La pegaron al lado de las otras letras. ¡Ya tenían la palabra completa! Amistab.

Chocaron las manos celebrando el trabajo bien hecho, pero uno de los duendes se quedó mirando esa palabra. No sonaba bien. Algo fallaba. Habían cometido algún error sin darse cuenta. ¡Claro! Habían colocado la d al revés. La despegaron con cuidado y la volvieron a poner correctamente. Ahora sí. Ahora se leía una preciosa palabra: Amistad.

Las palabras acabadas eran llevadas por media docena de los duendes más robustos al siguiente grupo de trabajo. En él se lijaban los chorretones de pegamento y se recortaban los flecos hasta que quedaban completamente pulidas. Luego se trasladaban a un grupo que pegaba unas palabras a otras componiendo frases. Algunas frases eran largas; otras, cortas. Pero todas juntas, ordenadas en un ingenioso invento llamado libro, relatan fantásticas aventuras y extraordinarios cuentos para que todas las personas, desde las que apenas saben andar hasta las que caminan con cachava, pasando por las que van al colegio o las que ya lo han abandonado, puedan soñar con mundos imaginarios.

¡Qué maravilla!

Mientras había asistido a la prodigiosa tarea de los duendes, había estado callada. Pero, de pronto, sentí un cosquilleo en la nariz. Debía de ser uno de los duendes que se había dado cuenta de mi presencia y, curioso, pretendía averiguar quién era yo. No pude aguantar y estornudé. Todos los duendes se asustaron y un puñado de letras aterrizó en el suelo construyendo una curiosa frase:

Te damos la bienvenida a la fábrica de sueños.

© Sara Tapia

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