blog de sara tapia

29 enero, 2013

LA CASA DE TÓCAME ROQUE

Filed under: para niñas y niños,relatos... — saratapia @ 17:34

-¡Uy, uy uy!!!! ¡Cuánto desorden hay en esta casa! ¡Y cuánta suciedad! Hasta veo una gominola por el suelo! ¡Aggg! –rugió Gertrudis, una escoba muy pero que muy rígida.

Cleo, la gominola redonda que tanto molestaba a Gertrudis, se había escondido cuando sintió el huracán levantado por la escoba en su afán por barrer hasta la última pelusa del suelo. De acá para allá iba imponiendo su presencia, arrastrando todo lo que pillaba en su camino. ¡Y es que Gertrudis era mucha escoba! Largo palo recto y rígido, el mango. Sin adornos. Áspero. Seguro que por dentro era todo de madera, sin un hueco que la hiciera más ligera. El haz de ramas atado al mango era tan rígido como el palo. Y hacía un ruido ¡ras, ras, ras, ras! cuando se movía, que daba un poco de miedo.

Cleo se había asustado tanto que había empezado a temblequear y a sudar sin control. La exudación de gruesas gotas viscosas iba ablandando y deshaciendo su rechoncho cuerpo hasta adherirlo al suelo sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. ¡No se podía mover! ¡Se había pegado al piso!

Y seguía temblando.

Gertrudis, por su parte, se había obcecado con la gominola y se mostraba insensible a la parálisis de Cleo.

-¡Chss! ¡Chss! ¡Chss! ¡Eh!, ¡a ti!, ¡es a ti! –susurró desde una altura prudencial la manilla de la puerta, Lola, a la gominola de la que aún no conocía el nombre- ¡Eh! ¡Gordi!

Pero Cleo, que estaba aterrorizada por la violenta reacción de Gertrudis, no oía a Lola.

-¡Eh!… ¡Gominola!

-¿Es a mí? –balbució temblorosa Cleo sin salir de su horror

-Sí, a ti… -Lola hablaba muy bajito para que Gertrudis no pudiera oírla- Sí, a ti. Voy a abrir un poco la puerta para que puedas pasar y esconderte en la otra habitación. Así la escoba no podrá barrerte.

Cleo temblaba como un flan y no acaba de entender lo que le proponía Lola

-¡Ven! ¡Acércate un poco más!

-¡No! Tengo miedo –gimió Cleo

-¡Tranquila, gominola! Solo trato de ayudarte. Ven que te lo cuento otra vez –musitó Lola con toda su paciencia. A la par, intentaba infundir tranquilidad a su tono de voz.

-¡No puedo! ¡Estoy pegada al suelo! –gimoteó Cleo.

-Me llamo Lola –se presentó la manilla con suavidad.

-Yo soy Cleo –dijo la gominola.

Leti, una lechuza de enormes ojos que residía en el armario más alto de la habitación, había asistido imperturbable a este diálogo. Aunque todavía no se había despabilado del todo porque era muy temprano por la mañana, el revuelo que había armado Gertrudis la había despertado. Sin quererlo había escuchado la propuesta que le estaba haciendo Lola a Cleo. La verdad es que Leti reconocía que la habitación estaba un poco sucia. Su posición privilegiada le permitía tener una visión global de todo el espacio. Sin embargo, consideró que Gertrudis se había puesto un tanto intransigente con Cleo. Si no se podía mover del susto, ¡pues no se podía mover! ¡Y ya está!

Se desperezó estirando las alas. ¡Hmmm!, el ala derecha. ¡Hmmm!, ahora la izquierda. Se miró en la luna, Luna, que presidía la habitación desde la pared más grande, al lado de la puerta de Lola, y se dispuso a levantar el vuelo. Su intención era hablar con Gertrudis para hacerle entender que Cleo no se podía mover porque se había pegado al suelo del miedo que le había entrado por su inflexibilidad. Pero no llegó a volar porque en ese momento se oyó un grito.

-¡Ah! -Curioso, pero no había sido la gominola quien había chillado, sino Gertrudis. Así que Leti dirigió la vista hacia la escoba.

-¡Ah! –seguía gritando Gertrudis, con los pelos erizados y girando sobre sí misma- ¡Ah! ¡Socorro! ¡No puede ser! –mientras de reojo se miraba en Luna y se tapaba la cara de palo ocultando una expresión de estupor- ¡No puede ser! ¡Ay, ay ay! –y no paraba de girar.

Luna se mostraba muy digna, aguantando el tipo al tiempo que le devolvía a Gertrudis una imagen que, al parecer, la escoba no acababa de encajar. Leti ahora sí levantó el vuelo para tranquilizar a Gertrudis, pero esta, al ver que la lechuza se dirigía hacia ella, resbaló en ese dar vueltas sobre sí y cayó al suelo, con tan buena suerte, como verás, que tropezó con Cleo. El empujón fue tremendo y Cleo salió despedida, ¡zas!, por encima de Gertrudis, atravesando la puerta que Lola había mantenido abierta.

Leti se acercó a Gertrudis despacio para no molestarla más, ¡bastante sofocada estaba!, y permaneció callada a su lado, las dos frente a Luna. Cleo se asomó cauta detrás de la puerta a ver qué le había pasado a Gertrudis, pues en su interior deseaba que no se hubiera hecho daño. Después de todo, la casa permanecía limpia gracias a que la escoba podía barrer lo que Leti veía sucio. Cleo estaba segura de que había sido un error que quisiera barrerla con tanto ahínco. Lola abrió un poco más la puerta para que entrara algo de aire fresco. Cuando lo hizo se vio reflejada en Luna junto con Gertrudis, Leti y Cleo y se quedó bastante sorprendida: al fondo, al fondo, al fondo, como en el cuadro de Velázquez, me vio a mí contando esta historia.

© Sara Tapia.

Anuncios

26 marzo, 2011

La fábrica de sueños

Filed under: para niñas y niños — saratapia @ 16:38

Me habían dicho que iban a inaugurar una biblioteca. Pero no me lo creía. ¿Que quién me lo había dicho? La gente de Modúbar. ¡Ah! ¿Que qué es eso de Modúbar? Pues un pueblito chiquito, chiquito donde viven un montón de niñas y niños. En realidad, su nombre completo es Modúbar de la Emparedada.

Me habían dicho que hace tiempo hubo una escuela en el edificio en el que ahora está la fábrica de sueños. Bueno, que no era un edificio grande, que era una casita enterita de piedra.

Había oído tantos rumores que quise comprobar si eran ciertos. Y me fui a Modúbar, y me fui a la antigua escuela. Me detuve delante de una casa que se parecía a la que me habían descrito. Supuse que era esa porque no había ningún rótulo que indicara que allí había una biblioteca.

La miré un poco incrédula ya que no se asemejaba a las otras bibliotecas que yo conocía. Pero después de un rato, sucedió algo extraño

La casa sin nombre comenzó a observarme. Sus ojos-ventanas me hacían guiños, su boca-puerta me sonreía.

Parpadeé fuerte, muy fuerte. Esas cosas pasaban en los cuentos, en las fantasías y en los sueños. ¡Pero no! Seguía mirándome y sonriéndome. De repente la boca de madera, sin perder la sonrisa, empezó a abrirse lentamente. Me invitó a entrar con una vocecita apenas audible. Sin miedo, atravesé el umbral y me dirigí hacia la habitación del fondo. Estaba cerrada, pero por debajo de la puerta se proyectaba una tenue luz. Antes de llegar, la puerta mágica se retiró para mostrarme los secretos que escondía.

Vi cientos de laboriosos duendes yendo y viniendo por toda la sala. ¿Qué hacían? ¡Y qué llevaban! ¿Letras?

Me froté los ojos con las manos porque pensaba que la luz me había cegado. Pero ellos no se habían detenido y continuaban su ajetreado recorrido transportando… ¡letras!

¡Eran letras lo que llevaban de un lugar a otro!

Me fijé, entonces, en que había numerosos grupos de trabajo. Cinco trabajaban sin parar en un rincón y otros veintidós a lo largo de una pared. Bastantes se distribuían por toda la pared de enfrente y unos cuantos iban de una pared a la otra: la ida de vacío; la vuelta, cargados de letras. ¿Qué estaba pasando allí?

Me acerqué al rincón de los cinco: ¡estaban fabricando vocales! Muchas, muchísimas aes, otras tantas es, íes, oes, y unas pocas úes. Entonces, los veintidós restantes tenían que estar confeccionando… ¡consonantes! Y así era. ¡Hasta la ñ! ¡Y hasta una que usamos muy poquito: la w!

No podía creer lo que veía y allí estaba en el medio, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, ahora sin pestañear. Me encaminé hacia una cuadrilla cuando oí: ¡una a! ¡necesitamos una a! Estaban pegando letras para completar palabras. En ese momento casi tenían una terminada: AMIST. Cuando llegaron los duendes con la a, la pegaron con una gota de pegamento. Ya tenían AMISTA. Ahora otro gritaba: ¡una d!, ¡necesitamos una d! Veloces trajeron la letra solicitada y la dejaron. La pegaron al lado de las otras letras. ¡Ya tenían la palabra completa! Amistab.

Chocaron las manos celebrando el trabajo bien hecho, pero uno de los duendes se quedó mirando esa palabra. No sonaba bien. Algo fallaba. Habían cometido algún error sin darse cuenta. ¡Claro! Habían colocado la d al revés. La despegaron con cuidado y la volvieron a poner correctamente. Ahora sí. Ahora se leía una preciosa palabra: Amistad.

Las palabras acabadas eran llevadas por media docena de los duendes más robustos al siguiente grupo de trabajo. En él se lijaban los chorretones de pegamento y se recortaban los flecos hasta que quedaban completamente pulidas. Luego se trasladaban a un grupo que pegaba unas palabras a otras componiendo frases. Algunas frases eran largas; otras, cortas. Pero todas juntas, ordenadas en un ingenioso invento llamado libro, relatan fantásticas aventuras y extraordinarios cuentos para que todas las personas, desde las que apenas saben andar hasta las que caminan con cachava, pasando por las que van al colegio o las que ya lo han abandonado, puedan soñar con mundos imaginarios.

¡Qué maravilla!

Mientras había asistido a la prodigiosa tarea de los duendes, había estado callada. Pero, de pronto, sentí un cosquilleo en la nariz. Debía de ser uno de los duendes que se había dado cuenta de mi presencia y, curioso, pretendía averiguar quién era yo. No pude aguantar y estornudé. Todos los duendes se asustaron y un puñado de letras aterrizó en el suelo construyendo una curiosa frase:

Te damos la bienvenida a la fábrica de sueños.

© Sara Tapia

5 abril, 2008

Mi regalo para Zapatitos

Filed under: para niñas y niños — saratapia @ 15:31

     

      Mi regalo para Zapatitos

 

 

       

 

       Zapatitos nació un 9 de noviembre. Era el más chiquitito de toda la camada, el último de seis hermanos y hermanas. Cuando salió, su mamá estaba extenuada, pero lo lamió con todo su amor. Con esos mimos, le dio la bienvenida a este mundo.

Zapatitos era un cachorro de bóxer bien pequeño, porque casi nunca llegaba a tiempo para mamar. Las tetillas de mamá siempre estaban ocupadas y él tenía hambre a todas horas. Cuando se quejaba, mamá lo agarraba con mucho cuidado por el pescuezo, apartaba al más grandón de los hermanos de una de las tetillas y le ponía en su lugar. En esos momentos privilegiados, Zapatitos tragaba con placer toda la leche que podía.

Zapatitos crecía despacio pero sano. Como se sabía querido, alegre y dicharachero.

Mas la felicidad duró poco para Zapatitos.

Se acercaban las navidades y Eric, un niño muy caprichoso, había pedido una mascota como regalo por haber sacado buenas notas. Su padre y su madre habían visto a Zapatitos en la casa de unos conocidos y pensaron que este cachorro sería perfecto para su hijo. Así –se dijeron- aprenderá los modales que a veces le faltan y a responsabilizarse de algo. Eric sacaba muy buenas notas, cierto, sin embargo mostraba escasa consideración hacia los demás y hacia las cosas.

El día de los regalos, aparecieron en casa con una caja de zapatos cubierta con una tapa toda agujereada. A Eric se le abrieron los ojos como platos: ya se olía que sus progenitores tramaban algo. No se imaginó qué hasta que se percató de los agujeros. Zapatos no podían ser, debía de ser un animal vivo que necesitaba respirar. ¡La mascota que había pedido! Al ver al cachorro le salió del alma decir ¡Zapatitos!

Y se quedó con ese nombre.

Zapatitos se sentía triste y asustado. Además de no saber dónde estaba su mamá, lo habían dejado solo toda la noche pasando frío y hambre. Y no entendía por qué lo habían encerrado en un lugar tan oscuro y tan estrecho.

Se le arrinconó un poco el disgusto en el momento en que Eric lo tomó en sus manos y le dio calorcito al acogerlo en su regazo. Luego se le calmó el hambre cuando le dieron leche templada en un biberón. La tristeza no se le iba porque seguía sin saber dónde estaba su mamá.

Transcurrían los días y las noches.

La compañía de Eric alegraba a Zapatitos y jugar con él aliviaba su pena, pero Eric se comportaba como un brutote y le gastaba bromas bastante pesadas. Zapatitos tenía miedo de las bromas. Cuando intuía que le iba a gastar otra, se ponía a temblar de tal manera que se hacía pipí encima de la alfombra. Y le entraba más miedo todavía porque la madre de Eric le iba a reñir y a castigar por haberse portado mal. Aun así, Zapatitos, que había comenzado a olvidar a su familia, se sentía atendido y la sensación de soledad había desaparecido. Lo único malo era que se habían hecho demasiado frecuentes las bromas pesadas de Eric, el miedo, el pipí, el castigo, y…

Cierto día de ese verano, Zapatitos notó que en casa ocurrían cosas muy raras. Para empezar, habían dejado de gastarle bromas pesadas; no solo eso, también parecían haberse olvidado de su existencia. Ni siquiera le pasaban la mano por el lomo. Y toda la familia andaba rebuscando en los armarios y metiendo ropa en las maletas.

Zapatitos era un cachorro joven y no conocía bien a los humanos, por eso, no sospechaba que lo peor estaba por suceder.

Llegó el día en que toda la familia, incluido él, se montaron en el coche. Zapatitos ladraba de alegría porque le gustaba mucho salir de casa. Aunque viajar le mareaba, estaba dispuesto a sacrificarse para permanecer junto a su amo.

Al cabo de un rato, el automóvil paró en mitad de la nada. Se bajaron todos y Zapatitos se lanzó a trotar por el inmenso campo que se abría ante sus patas.

Cuando quiso regresar para contarle a Eric todo lo que había olido… ¿Dónde estaba el coche?… ¡El coche había desaparecido! ¡Eric!, ladró y ladró y ladró. Casi afónico seguía ladrando, y Eric no aparecía. Abatido, se aventuró a seguir la pista de la familia por el olor de su auto. Pero estaba aturdido, cansado y con un hambre atroz. También tenía miedo de los vehículos que circulaban a toda velocidad por la autovía. Al caer la noche, no aguantó más y se acurrucó en un rincón entre unas piedras que descubrió. Pensó que allí se podía refugiar esa noche y continuar la búsqueda al día siguiente…

Y al otro…

Y al otro…

 

 

 

Me encontré a Zapatitos hace ahora dos años. Lo hallé sucio, delgado, aterrorizado y desconfiado.

Le hablé despacio, suave y con amabilidad. Me miró asustado y lleno de recelo. Le acerqué comida y agua a su rincón. Devoró la carne en un pispás y se bebió el agua con ganas…

Lo llevé a casa. Lo lavé. Le puse guapo. Poco a poco le fui demostrando que era un perro estupendo y extraordinario. Que lo había recogido porque yo sí deseaba adoptarlo y le declaré mi intención de compartir con él los momentos buenos de mi vida.

Después de todo, Zapatitos ha tenido la suerte de aprender que una mascota es una cosa muy seria y nunca puede ser la satisfacción de un capricho.

Hemos tardado todo este tiempo, dos largos años, en conseguir la confianza mutua.

Como Zapatitos ya se siente seguro conmigo, he decido regalarle este cuento -se lo había prometido- para que niñas y niños sepan que una mascota no es un juguete, sino un ser vivo que hay que cuidar y querer.

 © Sara Tapia

 

 

 

16 diciembre, 2007

Una aguja, un dedal y Dani el dinosaurio en un mundo ideal « blog de sara tapia

Filed under: para niñas y niños — saratapia @ 12:25

cub_una_aguja.jpgcub_una_aguja.jpg
 Me es muy grato comunicaros que la Editorial CELYA acaba de publicar un librito de cuentos infantiles que escribí hace tiempo y que mi sobrino ilustró cuando tenía 6 añitos. Tiene el inmenso título: Una aguja un dedal y Dani el dinosaurio en un mundo ideal. Dos cuentos para coeducar.
Detrás de este título se esconden dos cuentos: Aprende a coser y Dani que pretenden romper con los estereotipos y los roles de género mostrando que coser, actividad tradicionalmente femenina, puede ser realizada por hombres –un padre enseña a su hijo- y que jugar al balón, tradicionalmente juego de niños-varones, puede ser un juego divertido también para las niñas.

Los dibujos que acompañan el texto recogen y expresan a la perfección las ideas que se narran. Cada uno de los cuentos posee una frescura extraordinaria al ser interpretados gráficamente desde la perspectiva del pensamiento infantil y de su capacidad de representación.
El libro ha recibido una ayuda a la edición del Intituto Municipal de Cultura del ayuntamiento de Burgos.
Se puede adquirir en librerías o a través de la web de la editorial: http://www.editorialcelya.com/fichalibro.asp?ID=144

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: