blog de sara tapia

9 julio, 2017

Madrid

Filed under: relatos... — saratapia @ 11:20

Miro las fachadas, que se asemejan a una piel con historia, de soslayo, entre los rayos del sol naciente para contemplar el efecto de su caricia sobre la superficie. La luz resalta los contornos y los abultamientos que salpican con desorden su rostro anónimo que, paradójicamente, tan bien conozco. De paso.

Cada vez que me incorporo a sus arterias envenenadas, me viene a la mente la misma imagen. Y cada vez que me lo imagino, me entran unas ganas irresistibles de contarlo. Con asombro.

Circulando a la misma velocidad que el resto de los contaminantes, las fachadas se transforman en fotogramas ante mis ojos voraces de inéditas composiciones, de ideas y de fantasías. A través de los cristales se van superponiendo recortes de sus facciones con los que confecciono una extraña cara. Rarísima.

La tez se ha cubierto de pústulas que extraen el calor del interior e insuflan un fresco vivificador. El aire acondicionado ha invadido todas las ventanas y prolifera sin control por la ciudad. De Madrid.

 

© Sara Tapia. Madrid, en femenino plural, p.79

25 junio, 2017

Filed under: relatos... — saratapia @ 13:02

… Luz y Clara, bajo la amorosa tutela de su madre [Blanca] en estrecha connivencia con la partera [Alba], quien domina las propiedades medicinales de las plantas para elaborar remedios contra todos los males, se convertirán en la génesis de todos los matices de todos los colores de todas las mujeres. Nuestro segundo nacimiento. El blanco, que no guarda en sí ninguna longitud de onda, se descompondrá pródigo en el espectro: infinitos tonos creados por tantas mujeres como mujeres existan. Y contarán tantas vidas como vidas vivan… 

© Sara Tapia. “Cura, cura, sana, blanco culito de rana”, En Mujeres del Arco Iris. p. 13

28 mayo, 2017

[…]

Filed under: relatos... — saratapia @ 09:30

[…] Desde mi existencia paralela, desde el mundo que se me ha permitido construir, manejo los hilos de otras vidas. No me mueve el espíritu de la venganza, pero he abolido la violencia. En los dominios que he creado nadie levanta el puño contra su igual. Ninguna de las personas que puebla ese territorio amenaza, insulta a sus congéneres o menoscaba su integridad. He aprendido las enseñanzas de mi madre y no es posible reproducir los desatinos de mi vida. Ni mi marido, ni los maridos, amantes o compañeros de otras mujeres las pueden maltratar…

… ¿acaso estoy soñando?…

© Sara Tapia, “Me mató porque era suya”. En femenino plural (2006, p. 89-90)

19 marzo, 2017

Un misterio

Filed under: relatos... — saratapia @ 09:30

Cuenta Paulc, de cuando estuvo en la isla diminuta, que no acababa de sentirse del todo bien. No solo porque viviera un tiempo en la más estricta soledad, que eso era un gran inconveniente para su bienestar, sino por algo que no supo identificar en su momento por más que le dio vueltas.para-un-misterio

Una vez vuelto a la vida cotidiana tras el naufragio, rescatado in extremis por un salado pesquero -porque olía y sabía a sal- una noche en que se creyó morir, extenuado como estaba, reflexionó sobre los sentimientos. Los que planearon sobre su corazón durante aquella dura experiencia.

La verdad es que no podía identificar ninguno con claridad. Quizá porque los desconocía, por lo menos de nombre, y eso dificultaba enormemente hasta su sentir el sentimiento. Vamos, que no tenía ni idea de qué había estado merodeando su alma, pero la notaba inquieta y desasosegada.

Pensó que escribir sobre su malestar le ayudaría a aclararse y, con un poco de suerte, llegar a encontrar el sustantivo que encajara como un calcetín en el sentimiento. Y se puso manos al papel, bolígrafo incluido, para desentrañar lo que empezaba a parecerle un auténtico misterio.

A punto de perder la paciencia, porque las palabras se desperdigaban sin criterio por el folio y se alejaban de su propósito sin que pudiera gobernarlas, volvió a releer las notas. Descubrió ya escrito el sentimiento a la par que evocó la noche en que abandonó a la tripulación a su suerte.

                                         © Sara Tapia, del texto y de la foto

21 julio, 2016

El viaje

Filed under: relatos... — saratapia @ 11:09

En otoño tendrá lugar el décimo aniversario de mi primera publicación, femenino plural. Aquí dejo un relato de ese libro porque tiene una estrecha relación con la temática de la exposición que se puede ver en el Restaurante Blanco y Negro de Oña (Burgos) hasta el 31 de agosto.

 

portada 1

Foto de Flor Aldea

EL VIAJE

Estaba sentada delante de un gran espejo. Tras ella, su pasado permanecía en la penumbra. Al frente, recortado por el marco plateado, se abría el camino hacia un futuro incierto. Su silueta se recortaba nítida, con contornos bien precisos, sobre la pulida superficie. Hizo un gesto leve con la cabeza, lo justo para asegurarse de ser la misma en el reflejo. Desnuda, se había desposeído del peso de su existencia, también de su memoria. Se enfrentaba, así, a la cruda realidad; preparándose para buscar la respuesta a una inquietante pregunta: ¿quién soy?

Creía que despojándose de toda referencia abonaría el terreno del cual habría de brotar su identidad. Por eso, la habitación, además de encontrarse casi a oscuras, estaba prácticamente vacía: salvo el espejo, una silla y ella misma. Previamente insonorizada y suficientemente caliente era el lugar ideal para realizar el viaje que tanto tiempo llevaba preparando y esperando.

A lo largo de su vida las oportunidades para emprender tan trascendental periplo habían sido nulas; siempre otras distracciones posponían el momento. E intuyendo la gravedad del paso que hoy daba, se había dejado engañar por el arrullo de acontecimientos de menor importancia. Simultáneamente, con el transcurso de los años, había hecho acopio del valor necesario para la monumental aventura.

Por la mañana temprano se había dado un baño caliente, queriendo desprenderse de todos los olores ajenos a su persona. Apenas había desayunado un té deslavado, sin azúcar, para no perder el sabor de sí misma. Deseaba que, por esta vez, y ya tomada su decisión, nada se interpusiera entre su determinación y su travesía.

Antes de penetrar en el sagrado recinto, materializó un complejo ritual, muchas veces imaginado, para expulsar, exorcizando, cualquier vestigio de recuerdo. Cerró cuidadosamente la puerta, dejando al otro lado los ecos vitales. Se mantuvo algunos segundos quieta mientras sus ojos se acostumbraban a la ausencia de luz. Cuando pudo vislumbrar su pálido cuerpo en la luna del espejo dirigió sus pies, avanzando lentamente, hacia él. Se contempló despacio, sin prisa. Se empapó de sí misma, se saturó. Predispuso su mente, acallándola; meció su pregunta, acunándola. Por fin se sentó.

Como todavía escuchaba los últimos rumores prendidos a sus oídos, trató de concentrarse en su propia respiración con los ojos entornados. Poco a poco el aire, rítmicamente respirado, iba silenciando los escasos ruidos que aún danzaban por su cabeza; hasta que sobrevino el silencio.

Siguió en esta actitud temiendo romper el sortilegio y fue perdiendo la conciencia de su propio organismo. Sentía sus límites cada vez más difusos, más inmateriales, al tiempo que la noción de su peso se iba transformando, transmutando. Se estaba convirtiendo en un latido cuyo origen se hacía, por momentos, más indeterminado. Abrió los ojos, hizo un gesto leve con la cabeza, lo justo para asegurarse de ser la misma en el reflejo, y los volvió a cerrar.

Notaba el pulso distanciarse, extenderse, aplanarse; mudarse en una superficie lustrada, en absoluta calma, sin principio ni fin. Olvidó el tiempo.

 

Entreabrió los ojos, como si alguien hubiera accionado un resorte, y vio la pulida superficie del espejo completamente vacía.

©  El viaje. En Sara Tapia (2006) femenino plural, Dossoles, pp. 57-58

1 julio, 2015

Una mano amiga

Filed under: relatos... — saratapia @ 16:50

UNA MANO AMIGA

(Tercer premio en el V Concurso de Relatos breves y Poesía de la Universidad de Burgos (2003), dedicado a la discapacidad en el Año Europeo de las Personas con Discapacidad)                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

No existen fronteras, tampoco límites. Las barreras y los obstáculos los decides tú.

Pon los que desees. Ponlos donde quieras.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

Mi mano está extendida. Desprende calor. Serena y firme se abre ante ti. No te manchará, no te dañará. Todo lo contrario, puede mostrarte el camino que nos conducirá desde los confines de la vida hacia su centro mismo, hasta su esencia. Sólo tienes que aceptar la palma como una metáfora de lo que soy.

Tócala y recréate dibujando sus contornos, pero no te quedes ahí. Aventúrate a conocerla; al fin y al cabo, es la que nos pone en contacto con el mundo.

A ti y a mí, sin distinción.

Sus relieves irrepetibles nos confieren la identidad irrenunciable, nos hacen diferentes a las personas, únicas. Su temperatura nos imprime una personalidad sin imposturas. Desnuda se despliega ante tus dedos, dispuesta a superar la prueba de tu examen, sin disfraz con que engalanar su humilde presencia, carente de la grandilocuencia de otras partes de mi ser. No calla porque carece de secretos que ocultar, no miente porque nada tiene que esconder. Es como es y así se acerca a ti.

Soy como soy y así me acerco a ti.

Palpa con tus yemas todos sus rincones, que no son trabas sino la geografía de mi existir. Marañas, bosques y claros, agua enfangada y lagos cristalinos, montañas y valles todo al mismo tiempo soy. Y todo al mismo tiempo expongo ante ti, no para que rechaces parte alguna, sino para que sepas que soy como un paisaje indivisible. Que no renuncio a nada de lo que me conforma. Lo agreste junto a lo cultivado, lo turbio al lado de lo limpio, lo sublime entretejido con lo cotidiano.

Tantea las intenciones de mi sincera aproximación a tu vida en la franqueza que delata la integridad de mi mano expuesta. No tiemblo cuando estoy delante de ti, no me asusta tu invalidez, no me importa que no puedas verme del modo convencional. Tampoco me incomodas tú, puedes comprobarlo con tu propia piel. La mía no rezuma humedad de ninguna clase de ansiedad, permanece seca, alerta, dispuesta para aprender a reconocer tu invitación a acercarse.

Mis dedos entrelazados con los tuyos no dudan. Afrontan sin crispación la ausencia de barreras, aceptan sin cuestionar los límites que estableces.

Tú decides.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

Déjame mimarte lentamente.

Acaríciame despacio.

Dame tiempo para explorar la vasta región que se abriga detrás de tus huellas dactilares.

Tómate el tiempo que necesites para recorrer el territorio cordial que te ofrezco.

Concédeme tu amistad.

Deposita tu confianza en una mano amiga.

©Sara Tapia

En: V certamen de relatos breves y poesía (2003). Edita: Universidad de Burgos. Pp. 31-32

9 junio, 2014

Un pirómano

Filed under: relatos... — saratapia @ 15:41

Aplicó la llama, aspiró y se quedó mirando.

La hierba estaba tan seca que la llama prendió enseguida. Se oía el crepitar de las briznas que sucumbían ante la implacable marcha del fuego. Una columna de humo espeso comenzó a ascender hacia el infinito. Si acercabas la mano, podías quemarte. El olor apenas era apreciable, pero ya picaba un poco en la nariz.

-¡Qué bien huele! –pensó.

Aspiró de nuevo, expulsó el aire y siguió observando.

La exhalación actuó como el tiro de una chimenea y avivó la combustión. Con el nuevo empuje el tufillo que originaba aquella quema se hizo evidente e impregnó todo el ambiente. El humo seguía saliendo a borbotones.

Inhaló aquella mezcla. Tosió, pero continuó contemplando, absorto.

El fuego proseguía su avance sin pereza. El sonido del crujir de las fibras vegetales se hacía perceptible para los oídos menos finos, mientras que el olor lo inundaba todo. La visión de semejante hoguera daba escalofríos.

Respiró profundamente tratando de acaparar todos los efluvios. El humo penetró con fuerza en sus pulmones, casi se marea. Tosió otra vez.

Aquel espectáculo producía una imagen fantasmagórica, no por conocida, menos impresionante. Generaba una emoción difícilmente contenible. Siempre igual. Sobrecogedora. Hacía temblar.

Estaba ensimismado absorbiendo una y otra vez el aire.

-¡Joder…! -Admiraba extasiado su propia creación, sin imaginarse que la alucinación pudiera ser tan real, tan extraordinariamente verdadera.

 -¡Venga, chaval! –Le urgió enfadado el bombero-. Deja de fumar porros de una puta vez y vámonos, que el incendio te va a devorar.

© Sara Tapia, 2003

29 enero, 2013

LA CASA DE TÓCAME ROQUE

Filed under: para niñas y niños,relatos... — saratapia @ 17:34

-¡Uy, uy uy!!!! ¡Cuánto desorden hay en esta casa! ¡Y cuánta suciedad! Hasta veo una gominola por el suelo! ¡Aggg! –rugió Gertrudis, una escoba muy pero que muy rígida.

Cleo, la gominola redonda que tanto molestaba a Gertrudis, se había escondido cuando sintió el huracán levantado por la escoba en su afán por barrer hasta la última pelusa del suelo. De acá para allá iba imponiendo su presencia, arrastrando todo lo que pillaba en su camino. ¡Y es que Gertrudis era mucha escoba! Largo palo recto y rígido, el mango. Sin adornos. Áspero. Seguro que por dentro era todo de madera, sin un hueco que la hiciera más ligera. El haz de ramas atado al mango era tan rígido como el palo. Y hacía un ruido ¡ras, ras, ras, ras! cuando se movía, que daba un poco de miedo.

Cleo se había asustado tanto que había empezado a temblequear y a sudar sin control. La exudación de gruesas gotas viscosas iba ablandando y deshaciendo su rechoncho cuerpo hasta adherirlo al suelo sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. ¡No se podía mover! ¡Se había pegado al piso!

Y seguía temblando.

Gertrudis, por su parte, se había obcecado con la gominola y se mostraba insensible a la parálisis de Cleo.

-¡Chss! ¡Chss! ¡Chss! ¡Eh!, ¡a ti!, ¡es a ti! –susurró desde una altura prudencial la manilla de la puerta, Lola, a la gominola de la que aún no conocía el nombre- ¡Eh! ¡Gordi!

Pero Cleo, que estaba aterrorizada por la violenta reacción de Gertrudis, no oía a Lola.

-¡Eh!… ¡Gominola!

-¿Es a mí? –balbució temblorosa Cleo sin salir de su horror

-Sí, a ti… -Lola hablaba muy bajito para que Gertrudis no pudiera oírla- Sí, a ti. Voy a abrir un poco la puerta para que puedas pasar y esconderte en la otra habitación. Así la escoba no podrá barrerte.

Cleo temblaba como un flan y no acaba de entender lo que le proponía Lola

-¡Ven! ¡Acércate un poco más!

-¡No! Tengo miedo –gimió Cleo

-¡Tranquila, gominola! Solo trato de ayudarte. Ven que te lo cuento otra vez –musitó Lola con toda su paciencia. A la par, intentaba infundir tranquilidad a su tono de voz.

-¡No puedo! ¡Estoy pegada al suelo! –gimoteó Cleo.

-Me llamo Lola –se presentó la manilla con suavidad.

-Yo soy Cleo –dijo la gominola.

Leti, una lechuza de enormes ojos que residía en el armario más alto de la habitación, había asistido imperturbable a este diálogo. Aunque todavía no se había despabilado del todo porque era muy temprano por la mañana, el revuelo que había armado Gertrudis la había despertado. Sin quererlo había escuchado la propuesta que le estaba haciendo Lola a Cleo. La verdad es que Leti reconocía que la habitación estaba un poco sucia. Su posición privilegiada le permitía tener una visión global de todo el espacio. Sin embargo, consideró que Gertrudis se había puesto un tanto intransigente con Cleo. Si no se podía mover del susto, ¡pues no se podía mover! ¡Y ya está!

Se desperezó estirando las alas. ¡Hmmm!, el ala derecha. ¡Hmmm!, ahora la izquierda. Se miró en la luna, Luna, que presidía la habitación desde la pared más grande, al lado de la puerta de Lola, y se dispuso a levantar el vuelo. Su intención era hablar con Gertrudis para hacerle entender que Cleo no se podía mover porque se había pegado al suelo del miedo que le había entrado por su inflexibilidad. Pero no llegó a volar porque en ese momento se oyó un grito.

-¡Ah! -Curioso, pero no había sido la gominola quien había chillado, sino Gertrudis. Así que Leti dirigió la vista hacia la escoba.

-¡Ah! –seguía gritando Gertrudis, con los pelos erizados y girando sobre sí misma- ¡Ah! ¡Socorro! ¡No puede ser! –mientras de reojo se miraba en Luna y se tapaba la cara de palo ocultando una expresión de estupor- ¡No puede ser! ¡Ay, ay ay! –y no paraba de girar.

Luna se mostraba muy digna, aguantando el tipo al tiempo que le devolvía a Gertrudis una imagen que, al parecer, la escoba no acababa de encajar. Leti ahora sí levantó el vuelo para tranquilizar a Gertrudis, pero esta, al ver que la lechuza se dirigía hacia ella, resbaló en ese dar vueltas sobre sí y cayó al suelo, con tan buena suerte, como verás, que tropezó con Cleo. El empujón fue tremendo y Cleo salió despedida, ¡zas!, por encima de Gertrudis, atravesando la puerta que Lola había mantenido abierta.

Leti se acercó a Gertrudis despacio para no molestarla más, ¡bastante sofocada estaba!, y permaneció callada a su lado, las dos frente a Luna. Cleo se asomó cauta detrás de la puerta a ver qué le había pasado a Gertrudis, pues en su interior deseaba que no se hubiera hecho daño. Después de todo, la casa permanecía limpia gracias a que la escoba podía barrer lo que Leti veía sucio. Cleo estaba segura de que había sido un error que quisiera barrerla con tanto ahínco. Lola abrió un poco más la puerta para que entrara algo de aire fresco. Cuando lo hizo se vio reflejada en Luna junto con Gertrudis, Leti y Cleo y se quedó bastante sorprendida: al fondo, al fondo, al fondo, como en el cuadro de Velázquez, me vio a mí contando esta historia.

© Sara Tapia.

26 marzo, 2011

Narciso Etílico

Filed under: relatos... — saratapia @ 17:02

NARCISO ETÍLICO

 

 

 

Es la primera vez, y espero que sea la última, que nos vemos estando sobrios. -Pensó mientras ponía remedio a este desliz apurando de un trago la copa de absenta delante del espejo de la barra de aquel solitario bar.

 

© Sara Tapia

5 agosto, 2007

Filed under: relatos... — saratapia @ 23:17

NO SÉ

   

Parecía ajena al estruendo de su alrededor.

En realidad el ruido no era demasiado alto, pero sí molesto. Extraordinariamente molesto. Ya digo, más por su insistente monotonía que por su volumen. Una monotonía a la que no te podías acostumbrar; sin ritmo, lo que hacía imposible que lograras incorporarla a los ritmos corporales o temporales. Una repetición chirriante.

Desafinada. Discordante. Disonante.

Estridente. QUE DABAN GANAS DE GRITARLE AL VIENTO PARA INTRODUCIR LA ARMONÍA QUE FALTABA PARA PODER INTEGRARLA EN UN ORDEN NATURALLLL…

Horrible.

Ponía los pelos de punta. Desquiciaba los nervios. Pero ella se comportaba como que no lo oyera. ¿Insensible?

¡No estaba sorda!

¿Cómo podía soportarlo?

Simplemente, estaba ensimismada.

Pensando en su vida. Algún acontecimiento pasado más organizado, más equilibrado, más armónico reclamaba toda su atención. Otra vida insonorizaba el presente. El latir de otras experiencias amortiguaba cualquier clamor actual.

No estaba loca.

Sencillamente, había decidido refugiarse en sus recuerdos.

© Sara Tapia, 2003.

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: